Por María Laura García
Vivimos en la cultura del «todo o nada». En Venezuela, especialmente, nos hemos acostumbrado a esperar el gran evento, el cambio sísmico, la noticia ruidosa que, supuestamente, nos devolverá la capacidad de sonreír y pasan cosas y seguimos viendo el vaso medio vacío. ¿Por qué? Porque hemos puesto la felicidad en una sala de espera, condicionándola a que ocurra lo “muy extraordinario”. Pero en esa espera angustiante, se nos está escapando la vida y a muchos incluso se les escapó.
En mis redes les hice una pregunta que a muchos les resultó complicada o incómoda: ¿Qué necesitas para ser feliz? Al leer las respuestas, noté una constante: la felicidad se ha convertido en una meta lejana, dependiente de lo perfecto o el mundo ideal, casi inalcanzable, mientras ignoramos que la sustancia del bienestar no está en el destino final, sino en las “pequeñas metas” que van dando forma al trayecto.
La falacia del «Todo o Nada»
A menudo creemos que la felicidad depende de un interruptor: que está encendido o está apagado. Pero la vida no es lineal. Como bien decía el filósofo Baruch Spinoza, «La felicidad es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección». Fíjense en la palabra clave: paso. Es un proceso, un movimiento, una transición. No es un estado estático al que se llega y se planta una bandera.
El problema es que hemos sido educados en el «materialismo de la meta», sencillamente un “ideal” o “utopía”. Si no tenemos el éxito total, el país perfecto o la familia sin problemas, sentimos que no tenemos derecho a la plenitud a sentirnos agradecidos. Sin embargo, la psicología moderna y la neurociencia nos dicen lo contrario. El psiquiatra Viktor Frankl, quien sobrevivió a lo inimaginable, nos enseñó en su obra “El hombre en busca de sentido” (les he citado muchas veces este libro) que la felicidad no puede ser perseguida; debe «suceder» como el efecto secundario de tener una razón para amar o algo en qué creer, por pequeño que sea.
El valor de las partes y la suma de los detalles
Nos obsesionamos con la suma total y despreciamos las partes, los micro milagros, o pequeños regalos de la vida. Pero ¿qué es un gran bosque sino la suma de miles de hojas o arboles? ¿Qué es una vida plena sino la suma de cafés compartidos, de amaneceres vistos con atención y de conversaciones que sanan?
El pensador Confucio decía: «La felicidad no consiste en que las cosas nos salgan bien, sino en que nosotros estemos bien con las cosas que nos salen». Esta es la clave para la Venezuela de hoy.
Si esperamos a que todo sea perfecto para ser felices, moriremos en la amargura. Ser feliz con «poco» no es conformismo; es maestría emocional. Es entender que el sabor de una arepa en familia, el abrazo de un amigo que no se fue o la satisfacción de un trabajo bien hecho en medio de la crisis, son tesoros que ninguna circunstancia externa nos puede arrebatar.
Cultivar el gozo en la incertidumbre
La felicidad hoy requiere rebeldía. Es rebelarse contra la queja crónica y elegir la gratitud como estrategia de supervivencia. No se trata de ignorar el túnel, sino de aprender a ver que nosotros mismos podemos ser la linterna.
Para transitar este camino y recuperar la plenitud en el día a día, les comparto estos pilares fundamentales para cultivar la paciencia y el gozo:
1. Practica la «Micro-Gratitud»: No esperes a ganar la lotería. Agradece tres cosas pequeñas al final del día: el olor de la lluvia, una llamada inesperada o el hecho de que hoy tu cuerpo te permitió moverte. La gratitud reconfigura el cerebro para detectar oportunidades donde otros solo ven problemas.
2. Despídete del “Pensamiento Binario”: La vida no es blanca o negra. Aprende a habitar los grises. Se puede estar preocupado por la economía y, al mismo tiempo, disfrutar profundamente de una puesta de sol. Una cosa no anula la otra. La plenitud es la capacidad de sostener ambas verdades.
3. Recupera la presencia: El exceso de futuro genera ansiedad; el exceso de pasado, depresión. El gozo solo vive en el «ahora». Cuando estés con alguien, esté de verdad. Guarda el teléfono. Mira a los ojos. El mayor regalo que puedes darle a alguien (y a ti misma) es tu atención plena.
4. Entiende la “Paciencia” como “Confianza: La paciencia no es aguantar pasivamente; es la certeza de que todo tiene su tiempo de maduración. Como decía el poeta Rainer Maria Rilke: «Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y trata de amar las preguntas mismas».
5. Encuentra “Propósito” en lo “Pequeño»: Si hoy no puedes cambiar el mundo, cambia el día de alguien más. Un gesto amable, una palabra de aliento a quien te atiende en el mercado. El servicio al prójimo es el antídoto más potente contra la infelicidad personal.
Para mí, la felicidad, no es un destino al que se llega en avión privado. Es un camino que se construye a pie, con zapatos gastados, pero con la mirada atenta a las flores que crecen en las grietas de una acera o una roca.
Pregúntate de nuevo hoy: ¿Qué necesito para ser feliz? Tal vez la respuesta no es algo que te falta, sino algo que ya tienes y no has aprendido a mirar con suficiente amor.
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