¿Por qué cuesta tanto comunicarse «normalmente»? ¿Por qué estamos sordos ante la profundidad?

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¿Alguna vez sientes que hablas y nadie te escucha o lee verdaderamente? ¡No es tu culpa, es la dictadura de la inmediatez!

De verdad, estoy muy preocupada. Como profesional de la comunicación y como mujer que cree fielmente en la palabra como puente e incluso alimento de la interacción humana saludable, porque esta semana me he sentido, más que nunca, «condenada» a esforzarme el triple para hacerme entender, para que la gente accione o interactúe conmigo para logar un resultado X, hasta el mínimo que sería un “simple contacto”.

Ya sea en mis proyectos en A Tu Salud o en la dinámica cotidiana de mi hogar, percibo un muro invisible pero impenetrable: los que me rodean no quieren leer más de dos líneas; y/o no tienen paciencia para escuchar más de treinta segundos, “con todo buscan hacer scroll”. En otras palabras, TODO debe ser sintetizado, digerido, transmitido o “escupido” en dos palabras.

¿Cómo es posible que vivamos con tan poca profundidad? El que va a la panadería o en la tienda quiere que lo entiendan o atiendan a esa velocidad: es más nadie respeta un rallado o un semáforo precisamente por la misma razón: ¿por qué caminar más o esperar tanto detenido?

Me enfrento a una realidad donde mando correos y nadie los lee, razón por la cual creo que todo lo debemos condensar en el título porque de allí en adelante es mucho texto. A diario envío resúmenes de reuniones y nadie los usa, es más mucho menos toman nota por eso envío las minutas yo. Es paradójico: me llaman para preguntarme aquello que detallé por escrito, y cuando intento explicarlo de nuevo, siento que no hay foco, que la mirada del otro está ausente, perdida en la próxima notificación de su teléfono.

En síntesis, si no eres un orador extraordinario, capaz de hacer un show brillante de 1 minuto el transmitir una idea se será una tarea titánica. Y me vuelvo a preguntar: ¿Se puede construir un mundo sólido, desde todo punto de vista, con cimientos tan líquidos e insípidos? ¿Qué nos está pasando como especie “inteligente”?

De hecho, también se puede explicar a través de lo que sucede en el mundo del entretenimiento con base en lo expresado recientemente por Matt Damon y Ben Affleck, los cito: … “critican que el streaming obliga a simplificar tramas y sobre explicar guiones (repetir ideas 3 y 4 veces) para espectadores distraídos con el móvil. Señalan que las plataformas exigen escenas de acción intensas en los primeros 5 minutos para «enganchar» de inmediato, eliminando la construcción lenta del cine clásico, para evitar que el usuario cambie de contenido”.

Lo mismo pasa en la vida real, seres distraídos en mil cosas, y me sigo preguntando: … ¿Cuáles de esas mil cosas pueden salir bien?

El naufragio de la atención

Este fenómeno no es una simple queja de «tiempos modernos». La neurociencia y la sociología tienen respuestas claras al respecto. Nicholas Carr, en su obra Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, explica cómo la sobreexposición a la información fragmentada está reconfigurando nuestro cerebro. Al acostumbrarnos a navegar saltando de un hipervínculo a otro, hemos debilitado nuestra capacidad de concentración profunda. No es que la gente sea «mala», es que su «músculo de la atención» está atrofiado.

La socióloga Sherry Turkle, del MIT, en su libro Reclaiming Conversation, advierte sobre la «crisis de la empatía». Al preferir la comunicación digital (rápida, cortante, desprovista de matices), estamos perdiendo la capacidad de leer las sutilezas: el tono de voz, el silencio, la mirada. La inmediatez digital nos exige una respuesta instantánea, lo que elimina el tiempo necesario para la reflexión y la construcción de un diálogo empático. Como resultado, conectamos con tendencias, pero nos desconectamos del que tenemos al lado. Esta fragmentación de la atención, como señalan expertos en salud mental, está disparando los niveles de ansiedad y aislamiento social: estamos más «conectados» que nunca, pero irónicamente más solos.

El costo de la superficialidad

Esta dinámica no es inocua; tiene costos altísimos. En el ámbito laboral, la falta de lectura y de escucha activa destruye la productividad. En las relaciones personales, convierte el amor y la amistad en un intercambio transaccional: te busco si me sirves, te ignoro si me exiges esfuerzo. Cuando la gente no quiere esforzarse en entender un mensaje, está rechazando el esfuerzo de conectar con el otro.

Y un mundo que rechaza el esfuerzo, es un mundo que rechaza la humanidad. Duro, pero para mí es así y punto.

Para gestionar tu comunicación y quizás conecten contigo …

  1. Esquematiza la información. Usa «Títulares»: Si envías un correo importante, no esperes que lo lean todo. Usa la técnica de «Titulares «. Pon en negrita la acción específica que necesitas y el «por qué» al principio. El resto, anéxalo como «contexto».
  2. El poder de la voz: Ante la crisis de la lectura, cuando algo es vital, usa notas de voz o videollamadas breves. La voz humana es un ancla que obliga al cerebro del otro a salir del piloto automático.
  3. Establece límites de atención: Si alguien te llama para preguntar algo que ya enviaste, usa la asertividad amable: «Te envié los detalles en el correo de las 10:00 am porque es información compleja. Léelo y si algo no está claro, nos reunimos 5 minutos». No te conviertas en el filtro de la pereza ajena. Esto lo hago muchas veces en una semana.

¿Cómo ser un mejor humano en un mundo superficial?

  1. Entrena la «escucha lenta». Proponte, al menos una vez al día, escuchar a alguien sin interrumpir y sin mirar el móvil. La escucha activa es el regalo más raro y valioso de esta década.
  2. Desafía la inercia. Si sientes el impulso de huir de una conversación «difícil» o aburrida, quédate. Es ahí, en la gestión de la incomodidad, donde creces como persona y donde se construyen los vínculos reales.
  3. Cultiva el silencio: La profundidad requiere silencio. Desconéctate de las pantallas un par de horas al día para que tu cerebro recupere la capacidad de reflexión. Solo quien sabe estar consigo mismo puede estar realmente con los demás.

Finalmente …

Quizás estemos perdiendo la batalla contra la inmediatez, pero aún tengo la esperanza de que no hemos sepultado por completo nuestra esencia. La profundidad en la comunicación no es un lujo, es imperativo para la existencia HUMANA, tomemos conciencia.

Si queremos sanidad emocional y efectividad en nuestras empresas, familias y en nuestras vidas, debemos empezar por recuperar el valor de la palabra, el respeto por el tiempo ajeno y, sobre todo, la capacidad de mirar a los ojos con la intención de entender, no de reaccionar. Construir un mundo mejor empieza por dejar de ser un receptor pasivo o evasivo y convertirnos en comunicadores presentes. El cambio puede ser lento, pero es el único camino que tenemos para vivir con bienestar. ¡A tu salud!

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