¿Por qué postergar nos roba la vida?

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Donald Marquis definió una vez la postergación como «el arte de estar al día con el ayer». Yo me atrevería a ser más incisiva: es el arte de evitar el «hoy» por miedo a no ser lo suficientemente buenos para enfrentarlo o por creerme incapaz de lograrlo, o porque simplemente soy muy cómodo para enfrentar el esfuerzo que implica todo gran propósito. Todos hemos sentido ese peso o necesidad de quedarme en la orilla del confort. Sabemos que hay metas que hemos elegido deliberadamente, sueños que palpitan en el corazón, pero que se quedan archivados bajo el polvo del «mañana lo haré».

Decidir hacer algo en el futuro, cuando podrías hacerlo ahora, es un “comodín” psicológico muy aceptable para el cerebro; nos permite engañarnos, aliviando la culpa momentánea sin tener que lidiar con el esfuerzo y el “trabajo” real. Pero cuidado: vivir de una forma mientras prometes vivir de otra en el futuro vacía tu alma. Como suelo decirles en mis espacios de A Tu Salud, no somos lo que decimos que haremos; somos, única y exclusivamente, lo que hacemos minuto a minuto: “nuestras acciones diarias nos definen”.

La anatomía del autoengaño

¿Por qué lo hacemos? La psicología moderna ha dejado de ver la procrastinación como un problema de pereza para entenderlo como un mecanismo de regulación emocional. El Dr. Tim Pychyl, una de las autoridades actuales más respetadas en el tema, sostiene que postergamos para evitar estados de ánimo negativos. Preferimos la recompensa inmediata de «no hacer» para no enfrentar la ansiedad de «hacerlo mal» o evadir el reto del esfuerzo.

Es un sistema falaz. Nos decimos: «No tengo tiempo suficiente», pero la realidad es que a menudo usamos la queja sobre la falta de tiempo como una técnica postergatoria. Si te pasas el día lamentándote por lo mucho que tienes que hacer, no te quedan momentos para ejecutar. Como ya les dije, el comportamiento es el único barómetro real de nuestro valor. Ralph Waldo Emerson lo sentenció con una fuerza atronadora: «Lo que eres relumbra sobre ti mientras lo haces, y atrona con tal fuerza que no puedo oír lo que alegas en su contra».

De la inercia a la crítica: “El refugio del no-hacedor”

Aquí entramos en un terreno controversial pero urgente: el vínculo entre la postergación y la crítica hacia los demás. ¿Se han fijado que quien menos hace suele ser quien más juzga?

Cuando una persona se deja llevar por la inercia, la frustración resultante es tan corrosiva que necesita una vía de escape. Al no ser capaces de movilizarse hacia su propia excelencia, arremeten contra quienes sí lo están logrando. El «no-hacedor» se convierte en un crítico profesional para equiparar al hacedor a su propio nivel de ineficiencia. Es mucho más fácil filosofar sobre cómo otro está haciendo las cosas que asumir el riesgo, el sudor y el cambio que requiere actuar.

Los verdaderos campeones, los hacedores de alto nivel, no tienen tiempo para criticar. Están demasiado ocupados construyendo, ayudando y creciendo. Si has escogido el rol de observador crítico, te estás estancando. Peor aún, podrías estar usando la crítica para absolverte de la responsabilidad de tu propia inactividad y tu vida súper aburrida.

El aburrimiento ¿Una elección autodestructiva?

Otra consecuencia directa de postergar es el aburrimiento. La vida nunca es aburrida; somos nosotros quienes elegimos aburrirnos al ser incapaces de usar el presente para realizarnos. Samuel Butler decía que el hombre que se deja aburrir es más despreciable que el aburrido mismo. Cuando vacilas, malgastas tu energía en «no hacer nada», y ese vacío se llena de una pesadez que le quita el color a tu existencia.

¿Cómo reconocer que estamos atrapados en esta dinámica?

Las señales son sutiles pero claras: aferrarte a un empleo o una relación que ya se agotó esperando que «mejore solo»; decidir empezar la dieta «el próximo lunes»; usar el cansancio o una enfermedad leve como excusa para no enfrentar un reto; o vivir ilusionado por unas vacaciones lejanas mientras descuidas tu felicidad diaria.

¿Cómo salir de este “bucle” autodestructivo?

Para transformar esta dinámica y lograr tu mejor versión, te propongo estos dos pilares de acción:

I. Reconocer el autoengaño:

  • Identifica el «sustituto». Cada vez que digas «lo haré luego», pregúntate: ¿Tengo un motivo real o solo estoy evitando la incomodidad de empezar?.
  • Elimina la queja. La próxima vez que vayas a decir «no tengo tiempo», detente. Usa ese minuto que ibas a emplear en quejarte para dar el primer paso del trabajo pendiente.
  • Cero excusas físicas. El cansancio a menudo es una defensa mental. Si te sientes agotado justo antes de empezar algo difícil, hazlo por 5 minutos. Verás cómo la fatiga desaparece cuando la acción comienza.

II. Transformar tu dinámica:

  • La regla de los cinco minutos. Comprométete a trabajar en esa tarea postergada solo cinco minutos. El cerebro teme al esfuerzo total, pero acepta un esfuerzo pequeño. Una vez que rompes la inercia, es más fácil seguir.
  • Silencia al crítico. Si te descubres criticando el éxito ajeno, detente y redirige esa energía a tu propio proyecto. Si te critican a ti, recuerda que los hacedores no juzgan; solo los que están «en la grada» tienen tiempo para eso.
  • Haz del «ahora» tu único motor. Vive el momento presente con actividades que te ayuden a realizarte. La gratificación de terminar una tarea es el mejor antídoto contra el aburrimiento y la ansiedad.

Recuerda: tu vida no es lo que planeas, es lo que haces hoy. ¡A tu salud!

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